Gestionar objetivos te hace eficaz: Liderar por valores te hace inolvidable - Juan Carlos Sevilla | Interim Manager de Marketing y Ventas

Gestionar objetivos te hace eficaz: Liderar por valores te hace inolvidable

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Índice

  1. El liderazgo que se olvida y el que no
  2. De las instrucciones a los valores: tres modelos en perspectiva
  3. La trampa invisible de la dirección por objetivos
  4. Qué significa liderar por valores de verdad
  5. Reputación: lo que los demás construyen sobre ti
  6. Capital relacional: el activo que no aparece en ningún balance
  7. El Interim Manager y el desafío del tiempo
  8. Coherencia: la única estrategia de marca personal que funciona
  9. Lo que queda cuando te vas
  10. Reflexión final
  11. Para llevarte de este artículo

El liderazgo que se olvida y el que no

Hay líderes de los que se habla cuando se van. Y hay líderes de los que se habla porque se fueron.

La diferencia no está en los resultados que consiguieron. Está en cómo los consiguieron y en qué dejaron cuando ya no estaban.

Llevo años pensando en esto. Y cuanto más tiempo trabajo con empresas, más convencido estoy de que la diferencia entre un líder eficaz y un líder memorable no se encuentra en los KPI que consiguió, sino en la huella que dejó en las personas y en la cultura de la organización.

Este artículo es una reflexión sobre dos conceptos que, en mi experiencia, van inseparablemente unidos: la dirección por valores y la construcción de reputación. Dos ideas que en la práctica empresarial diaria siguen siendo, con demasiada frecuencia, grandes olvidadas.

De las instrucciones a los valores: tres modelos en perspectiva

Para entender dónde estamos, conviene mirar de dónde venimos. El liderazgo empresarial ha evolucionado a través de tres grandes paradigmas que no son solo modelos de gestión: son formas distintas de entender la relación entre las personas dentro de una organización.

ModeloRelación directivo-equipoMotor de acciónResultado principal
Dirección por instrucciones Vertical y jerárquica Orden directa Cumplimiento
Dirección por objetivos Vertical con confianza Meta asignada Rendimiento
Dirección por valores Horizontal y colaborativa Identificación con el propósito Compromiso

La dirección por instrucciones fue el modelo dominante durante buena parte del siglo XX. El jefe mandaba, el empleado ejecutaba. Era eficiente en entornos estables y predecibles, pero frágil ante cualquier complejidad.

La dirección por objetivos supuso un avance real. Introdujo confianza, autonomía y responsabilidad individual. El empleado dejaba de ser un ejecutor mecánico para convertirse en alguien con metas propias que alcanzar. Fue, y sigue siendo, el modelo dominante en la mayoría de las organizaciones.

Pero existe un tercer escalón. Uno que pocos alcanzan y muchos confunden con el anterior. La dirección por valores no consiste en tener unos principios bonitos colgados en la pared de la sala de reuniones. Consiste en que esos valores sean el verdadero motor de las decisiones, del comportamiento y de la cultura del equipo.

La trampa invisible de la dirección por objetivos

Aquí quiero ser honesto, porque creo que este es el punto que más se pasa por alto.

La dirección por objetivos no es mala. De hecho, es necesaria. Sin objetivos claros, sin métricas, sin rendición de cuentas, ninguna organización funciona. Lo digo yo, que tengo una obsesión declarada por la cuenta de resultados y por no perderme en métricas de vanidad.

El problema no es el modelo en sí. El problema es confundirlo con el techo.

Cuando un líder gestiona únicamente por objetivos, optimiza el rendimiento de sus equipos. Eso está bien. Pero deja algo sobre la mesa: el compromiso profundo. Y el compromiso profundo es lo que diferencia a un equipo que funciona cuando el jefe está presente de un equipo que funciona cuando el jefe ya no está.

¿Cuántas veces hemos visto organizaciones que dependen absolutamente de una persona? ¿Cuántos equipos se desmoronan cuando cambia el liderazgo porque nadie había interiorizado el «por qué», sino solo el «qué»?

Ese es el coste oculto de quedarse en la dirección por objetivos. Y es un coste que pocas empresas calculan hasta que lo pagan. Si quieres profundizar en cómo este tipo de dependencia afecta a la ejecución, te recomiendo este artículo: Por qué tu empresa falla en ejecución (y no es por falta de estrategia).

Qué significa liderar por valores de verdad

Liderar por valores no es predicar. No es tener un decálogo de principios en la intranet. No es el discurso del lunes por la mañana sobre la misión de la empresa.

«Liderar por valores es actuar de forma coherente con lo que dices que crees, incluso cuando nadie te mira. Especialmente cuando nadie te mira.»

En la práctica, lo que distingue a un líder por valores de uno por objetivos es sutil pero profundo:

DimensiónLíder por objetivosLíder por valores
Foco El resultado El camino hacia el resultado
Relación con el equipo Delegación y seguimiento Acompañamiento y desarrollo
Toma de decisiones Basada en datos y métricas Basada en datos y principios
Legado Un equipo que sabe qué hacer Un equipo que sabe por qué lo hace
Cultura generada De rendimiento De compromiso

Nótese que no estoy diciendo que el líder por valores ignore los resultados. Todo lo contrario. Los resultados siguen siendo el destino. Lo que cambia es el vehículo para llegar a ellos.

Un líder por valores no renuncia a la exigencia. La eleva. Porque cuando el equipo entiende el «por qué», la exigencia deja de venir de arriba y empieza a venir de dentro.

Y eso, como apunto en el artículo sobre la cultura empresarial como factor decisivo, es precisamente lo que separa a las organizaciones que ejecutan bien de las que se quedan en el papel.

Reputación: lo que los demás construyen sobre ti

Y aquí llegamos al segundo concepto que considero inseparable del anterior.

La reputación no se fabrica. Se acumula.

Puedo diseñar una estrategia de marca personal impecable, tener una web bien construida, publicar contenido de valor en LinkedIn y aparecer en los medios adecuados. Todo eso contribuye a la imagen. Pero la reputación es otra cosa.

«La reputación es la valoración que construyen los demás sobre ti a partir de sus experiencias contigo. No de lo que dices, sino de lo que haces. No de tus promesas, sino de tu coherencia entre lo prometido y lo entregado.»

Y esto tiene una implicación directa: no puedes gestionar tu reputación directamente. Solo puedes gestionar tu comportamiento y confiar en que ese comportamiento acabe moldeando la percepción externa.

 ImagenReputación
Quién la construye Tú mismo Los demás
Cómo se construye Comunicación y marketing Experiencia acumulada
Velocidad de construcción Rápida Lenta
Fragilidad Alta Media, si hay coherencia sostenida
Nivel de control Alto Bajo

El punto clave está en la última fila. La reputación no se controla, se influye. Y la única palanca de influencia real es la coherencia sostenida entre lo que eres, lo que dices y lo que haces.

Capital relacional: el activo que no aparece en ningún balance

Asociado a la reputación existe otro concepto que en el mundo académico se denomina capital relacional: el conjunto de recursos intangibles que se generan a través de las interacciones de calidad con clientes, colaboradores y otros agentes.

En lenguaje más directo: son las relaciones que responden cuando las necesitas. Las que hablan bien de ti cuando no estás en la sala. Las que te recomiendan sin que se lo pidas.

El capital relacional no aparece en ningún balance. No tiene partida contable. Pero determina, en muchos casos, si un negocio crece o se estanca.

«Lo que he aprendido con los años es que el capital relacional se construye exactamente igual que la reputación: no persiguiéndolo, sino siendo consecuente con los propios valores.»

Las relaciones de calidad son el resultado natural de actuar con honestidad, de cumplir lo que se promete y de preocuparse genuinamente por el resultado del otro.

Dicho de otra forma: el capital relacional es el subproducto de liderar por valores. No puedes tenerlo si no eres coherente. Y si eres coherente, es casi imposible que no lo tengas.

El Interim Manager y el desafío del tiempo

Hasta aquí, la reflexión es aplicable a cualquier líder. Pero hay algo específico en mi caso que merece un momento de análisis honesto.

La dirección por valores, tal y como se entiende en la literatura, requiere tiempo. Los valores necesitan interiorizarse. La cultura se construye despacio. La confianza no se instala de un día para otro.

Y yo trabajo en mandatos acotados.

Esta aparente contradicción es algo con lo que he convivido desde que empecé como Interim Manager. Y la conclusión a la que he llegado es que el tiempo no es el factor determinante. Lo que determina si los valores se transmiten rápido o despacio es la claridad y la coherencia con las que el líder los encarna desde el primer día.

«Si entro a una empresa y desde la primera semana actúo de forma coherente con lo que digo que soy, esos valores se perciben y se contagian mucho antes de lo que la teoría sugiere.»

Lo que no funciona, en cambio, es intentar implantar valores que uno mismo no encarna. Eso siempre se nota. Y en un mandato corto, se nota todavía más rápido.

Como ya he reflexionado en otro artículo, la autenticidad del liderazgo no es una cualidad blanda: es la condición de posibilidad de todo lo demás. Y si te preguntas qué es exactamente lo que hace un Interim Manager y cómo encaja esto en la realidad de una empresa, aquí tienes una explicación directa y sin adornos.

Coherencia: la única estrategia de marca personal que funciona

Todo lo anterior converge en un punto que, para mí, es el núcleo de cualquier estrategia de marca personal seria.

La coherencia.

No la coherencia como virtud abstracta, sino como práctica concreta y cotidiana. La coherencia entre lo que dices en una web y lo que haces en un proyecto. Entre los valores que declaras y las decisiones que tomas cuando nadie te mira. Entre la persona que eres en LinkedIn y la persona que aparece en la primera reunión con un cliente.

«Esa coherencia es, al mismo tiempo, la base de la dirección por valores y el único mecanismo real de construcción de reputación.»

Y aquí está la clave que me parece más valiosa de todo este análisis: no son dos estrategias distintas. Son la misma estrategia vista desde dos ángulos. Liderar por valores genera reputación porque la reputación es, en el fondo, la percepción externa de la coherencia interna.

Un líder que gestiona por objetivos puede tener muy buena imagen. Un líder que lidera por valores tiene reputación. La diferencia, con el tiempo, es abismal.

Lo que queda cuando te vas

Vuelvo al principio. Al liderazgo que se olvida y al que no.

Cuando termino un proyecto, lo que más me importa no es únicamente el número que dejé en la cuenta de resultados, aunque ese número es imprescindible. Lo que más me importa es si el equipo con el que trabajé es más autónomo, más exigente consigo mismo y más claro en su propósito de lo que era cuando llegué.

Eso no se mide en un KPI. Pero determina si el trabajo que hice tiene vida propia o si se desvanece en cuanto cierro la puerta.

«Un equipo que aprendió a hacer cosas depende de quien le enseñó. Un equipo que interiorizó por qué las hace es libre.»

Ese es el legado del liderazgo por valores. Y esa es también la única forma de construir una reputación que no necesita mantenimiento constante, porque se sostiene sola, en las palabras de las personas que trabajaron contigo y en los resultados que siguen produciéndose mucho después de que te hayas ido.

Reflexión final

Hay algo que me incomoda de cómo se habla del liderazgo hoy.

Se habla mucho de herramientas, de metodologías, de frameworks. Se llenan presentaciones con modelos y matrices. Y está bien: las herramientas ayudan. Pero ninguna herramienta sustituye al carácter. Y el carácter, a diferencia de una metodología, no se aprende en un curso de dos días.

La dirección por valores no es un modelo de gestión que se adopta. Es una forma de ser que se practica. Y la reputación no es una estrategia de comunicación que se planifica. Es la consecuencia natural de practicar esa forma de ser durante el tiempo suficiente.

Lo que más me preocupa de las organizaciones con las que trabajo no es su falta de estrategia. Es su distancia entre lo que dicen que son y lo que demuestran ser cuando las cosas se complican. Esa distancia tiene un nombre: falta de coherencia. Y tiene un precio: la pérdida progresiva de confianza, tanto interna como externa.

«El liderazgo por valores no es el camino más cómodo. Es el único que, a la larga, no te cobra intereses.»

Si algo me ha enseñado trabajar en mandatos acotados con empresas en momentos críticos es que las organizaciones no fallan por falta de talento ni por falta de recursos. Fallan porque alguien, en algún momento, tomó decisiones mirando al corto plazo y sacrificando lo que de verdad importaba. Los valores. La cultura. Las personas.

Y recuperar eso, cuando ya se ha perdido, es mucho más caro que haberlo cuidado desde el principio.

Para llevarte de este artículo

  • Gestionar por objetivos es necesario, pero no suficiente. El rendimiento sin compromiso tiene fecha de caducidad.
  • La reputación no se gestiona: se merece. Es el resultado de la coherencia sostenida entre lo que dices y lo que haces.
  • El capital relacional es invisible en el balance, pero determina si el negocio crece. Y se construye exactamente igual que la reputación.
  • En un mandato corto, los valores se transmiten más rápido de lo que parece, siempre que el líder los encarne desde el primer día, sin discursos y sin manuales.
  • Liderar por valores y construir reputación no son dos estrategias distintas. Son la misma, vista desde dentro y desde fuera.

 ¿Hablamos?

Desde 2014 ayudando a empresas a encontrar la coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que invierten.

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