Los tres síntomas de que tu equipo directivo no está de acuerdo (aunque lo parezca) - Juan Carlos Sevilla | Interim Manager de Marketing y Ventas

Los tres síntomas de que tu equipo directivo no está de acuerdo (aunque lo parezca)

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En tu comité nadie discute y todos asienten. Eso no es un acuerdo: es un desacuerdo que nadie ha puesto en palabras. Y el desacuerdo que no se habla no desaparece, sale por otro lado. Sale por las decisiones que llevan un año pendientes, por los proyectos que se multiplican sin rumbo y por los departamentos que van cada uno a lo suyo. Son tres síntomas de un solo problema. Y no se arregla con herramientas: se arregla con una conversación que dentro nadie quiere abrir.


Los tres síntomas de que tu equipo directivo no está de acuerdo (aunque lo parezca)

Observa tu último comité de dirección. Hablaste de crecer, de profesionalizar la parte comercial, de cuidar al cliente. Todos asintieron. Saliste con la sensación de que la empresa rema en la misma dirección.

Ahora mira qué ha cambiado desde entonces. Si la respuesta es «nada» —o peor, «veinte cosas pequeñas y ninguna de las importantes»—, tienes un problema que no es de ejecución.

Que nadie te lleve la contraria no significa que estén de acuerdo contigo. Significa, casi siempre, que el desacuerdo existe, pero nadie lo ha puesto encima de la mesa. Y desde debajo de la mesa es desde donde más daño hace, porque no se puede discutir con algo que nadie ha dicho en voz alta.

En la empresa familiar esto se multiplica. El encargado de toda la vida no corrige al gerente delante de todos. El hijo no enmienda al padre en el comité. El socio minoritario calla antes que abrir una herida que es personal además de societaria. Todo el mundo asiente. Y luego cada uno hace lo que cree que hay que hacer.

El desacuerdo que no se verbaliza no desaparece: se manifiesta. Y lo hace de tres formas reconocibles.

Índice

Los tres síntomas de un vistazo

SíntomaCómo se ve desde fueraQué hay debajo
1. La empresa que no decide Decisiones importantes que llevan más de un año encima de la mesa. Nadie se opone, nadie decide. Aprobar cualquiera de esas decisiones obligaría a discutir el desacuerdo de fondo. Se aplaza para no discutirlo.
2. La empresa que lo hace todo Proyectos abiertos en todas las direcciones. Mucha actividad, poco avance. Iniciativas que se contradicen entre sí. Decir que sí a todos es la manera de que nadie salga derrotado de la reunión. Cada directivo consigue «su» proyecto.
3. Cada departamento a lo suyo Aquí sí se decide, y rápido. Pero administración, producción y ventas toman decisiones que chocan entre sí. El choque lo recibe el cliente. Como arriba no está definida la prioridad, cada área rellena el vacío con la suya. Nadie desobedece: no hay nada claro que desobedecer.

 Ahora, uno por uno.

Primer síntoma: la empresa que no decide

Hay decisiones que llevan más de un año sobre la mesa. Contratar a otro comercial. Subir las tarifas. Dejar de servir al cliente que compra mucho, pero paga tarde y mal. Renovar el sistema de gestión.

Cada vez que sale el tema, alguien dice «eso hay que mirarlo bien» y se aplaza hasta la siguiente reunión. Nadie se opone. Nadie decide.

Parece prudencia. No lo es. Debajo hay un desacuerdo de fondo que nadie quiere tocar: el gerente quiere crecer en facturación y el responsable de administración cree, en el fondo, que lo urgente es ganar margen y sanear la cartera. Como esa conversación no se ha tenido nunca, cualquier decisión que roce esa grieta se queda flotando. Aprobarla obligaría a discutir lo de verdad. Así que se aplaza. Otra vez.

Segundo síntoma: la empresa que lo hace todo

Es el síntoma contrario, y el más traicionero, porque se disfraza de dinamismo.

La empresa está en todo: una línea de producto nueva porque el socio técnico lleva años empeñado, una persona para las redes sociales porque la hija lo ve claro, una feria en Alemania porque el gerente quiere exportar y, a la vez, una política de ofertas agresiva porque el jefe de ventas dice que el mercado está cada día peor.

Cada iniciativa, por separado, tiene su lógica. Todas juntas no suman: se quitan los recursos unas a otras, y alguna se contradice de frente con las demás. No se puede posicionar la empresa en la calidad y pelear todas las ofertas por el precio al mismo tiempo.

¿Por qué ocurre? Porque cuando no hay un acuerdo real sobre el rumbo, la manera de evitar el conflicto es decir que sí a todos. Cada directivo —o cada rama de la familia— consigue «su» proyecto; nadie sale derrotado de la reunión, y la empresa corre en cuatro direcciones a la vez. El catálogo que engorda año tras año sin criterio es la versión industrial de este síntoma: cada referencia nueva es una discusión que alguien no quiso tener.

Tercer síntoma: cada departamento a lo suyo

El tercero es el más silencioso, porque aquí sí se decide, y rápido. El problema es quién decide y mirando qué.

Administración endurece las condiciones de cobro a los clientes. Tiene su lógica. Producción alarga las series para ganar eficiencia y los plazos de entrega se van a las cinco semanas. Tiene su lógica.

El comercial promete a esa cuenta estratégica que lleváis un año persiguiendo tres semanas de plazo y pago a noventa días, porque si no se lo lleva la competencia. También tiene su lógica. 

Y la versión más clásica de esta guerra la conozco bien porque es mi oficio: marketing y ventas. Marketing invierte el año en posicionar la empresa en la calidad y el servicio; ventas cierra el trimestre a golpe de descuento. Marketing genera contactos que ventas no trabaja «porque no valen nada»; ventas pide apoyo que marketing no da «porque no le pasan información». Cada uno con su lógica, cada uno con su parcela. Y el mensaje que le llega al cliente, partido por la mitad.

Cada uno ha hecho bien su trabajo. Y el cliente, que es el punto donde se juntan todas esas decisiones, recibe una experiencia incoherente y se marcha.

Esto ocurre porque, si arriba no está definido qué es lo prioritario, cada área rellena el vacío con su propia prioridad. Y conviene señalarlo: aquí nadie desobedece. No hay nada claro que desobedecer.

Un solo problema con tres disfraces

La empresa que no decide, la que lo hace todo y la de los departamentos descoordinados parecen tres problemas distintos: uno de decisión, otro de foco y otro de coordinación. No lo son. Son el mismo problema con tres disfraces: un equipo directivo que nunca ha puesto sus diferencias encima de la mesa.

Si te fijas, cada síntoma es una dirección en la que la comunicación se ha roto. Hacia arriba, nadie sube el desacuerdo: por eso las decisiones se aplazan. Hacia abajo, no baja una prioridad clara: por eso se dice que sí a todo. Y entre departamentos, nadie se cuenta nada: por eso cada área tira para su lado y el choque lo recibe el cliente. Tres direcciones, la misma avería.

Y hay una cuarta señal que lo confirma: los rumores. Cuando arriba no se habla claro, abajo se especula. Que si el hijo viene a apartar al encargado, que si los socios andan a la gresca. Radio pasillo no es un problema de cotilleo: es el hueco que deja todo lo que el comité no dice. Y en la empresa familiar ese hueco se rellena rápido, porque los rumores no van solo de la empresa: van de las personas.

¿Y cuánto cuesta todo esto? No te voy a dar un porcentaje de un estudio: mira tu propia cuenta de resultados. El margen que se escapa en descuentos que nadie autorizó del todo, los proyectos abiertos que consumen dinero sin cerrar nada, el cliente bueno que se fue por una experiencia incoherente. El desacuerdo que no se habla en el comité no desaparece: se apunta, mes a mes, en la cuenta de resultados. Solo que sin poner su nombre.

Conviene tenerlo claro antes de gastar un euro: no se arregla con un programa de gestión de clientes, ni con un organigrama nuevo, ni fichando a un comercial estrella. Si la grieta de fondo sigue ahí, cualquier herramienta que se ponga encima se convierte en un frente más de la misma guerra.

Se arregla con una conversación. Con los nombres y los números encima de la mesa, y sin levantarse de ella hasta que salga todo lo que lleva años sin salir.

Por qué esto lo resuelvo yo

Esa conversación casi nunca llega desde dentro, y no por incompetencia: porque dentro todo el mundo tiene demasiado que perder. El encargado no va a señalar al gerente. El hijo no va a presionar al padre. Los socios llevan veinte años sin hablar de ciertas cosas precisamente porque hablarlas tiene un precio que no es de empresa: es personal.

Yo no arrastro historia con nadie de tu mesa, no le debo el puesto a nadie y me iré cuando termine. Eso me permite hacer las preguntas que dentro nadie hace y sostener la conversación incómoda hasta el final sin que se rompa nada.

Pero que no te confunda la palabra «conversación»: esto no es un taller de dinámicas de grupo ni una jornada de esas de hacer piña. Soy Interim Manager —directivo externo con fecha de entrada y fecha de salida— de Marketing y Ventas, y llevo desde 2014 metido en comités de dirección de pymes industriales y de servicio B2B. Sé leer una cuenta de resultados, una previsión de ventas y una cartera de clientes, y sé también leer lo que pasa en la sala cuando alguien calla. Las dos cosas hacen falta a la vez: los desacuerdos de fondo se destapan con los números delante, y se cierran liderando la mesa, no moderándola.

Mi trabajo aquí es concreto: entrar, poner encima de la mesa lo que lleva años debajo, forzar los acuerdos que faltan, convertirlos en decisiones con un calendario y un responsable, y dejarlo funcionando antes de salir.

Porque al final este artículo va de eso: de la coherencia entre lo que tu equipo dice en el comité, lo que hace al salir y dónde pone el dinero. Encontrarla es literalmente a lo que me dedico. 

Autodiagnóstico: las tres pruebas

 

PruebaQué tienes que hacerQué significa el resultado
1. Las decisiones pendientes Apunta las cinco decisiones importantes que tenéis pendientes y cuánto tiempo llevan pendientes. Si alguna pasa de los seis meses sin un motivo externo real —la financiación, un permiso, un cliente—, lo que os falta no es información: es una conversación que nadie ha querido abrir.
2. Los proyectos abiertos Cuenta los proyectos abiertos ahora mismo y pregúntate cuántos podrías cerrar mañana sin que el negocio lo notara. Si la respuesta te incomoda, la empresa está diciendo que sí a todos para no discutir con nadie.
3. Los papeles En el próximo comité, cuando todos asientan a la vez, para la reunión y pide que cada uno escriba en un papel qué es lo primero que la empresa va a cambiar. Recoge los papeles y léelos en alto. Van a decir cosas distintas. Y ese —no el que llevabas preparado— es el verdadero orden del día.

 

 

 ¿Hablamos?

Desde 2014 ayudando a empresas a encontrar la coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que invierten.

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