El gerente que lo sabía todo... menos leer su propia cuenta de resultados - Juan Carlos Sevilla | Interim Manager de Marketing y Ventas

El gerente que lo sabía todo... menos leer su propia cuenta de resultados

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Nota: Los datos financieros que aparecen en este artículo son cifras ilustrativas construidas para reflejar situaciones reales del tejido empresarial de la región. No corresponden a ninguna empresa concreta ni contienen información confidencial de clientes. El relato que los enmarca sí es real.

Índice

La reunión más tensa en la que he estado

Hay una reunión que recuerdo con especial claridad.

Mesa de esas de sala de reuniones. Primer día de proyecto. Una empresa de componentes industriales en la provincia de Albacete que facturaba 12 millones de euros. Tres sillas: la mía, la del propietario y la del gerente (amigo).

El propietario llegó el primero. Habló poco, la verdad. Se sentó en el extremo de la mesa, encendió el portátil y me lanzó una frase que resumía seis meses de tensión acumulada: «Llevo medio año diciéndole que necesitamos una visión externa, y no ha terminado de convencerle.»

El gerente llegó tres minutos después. Con la energía de quien lleva semanas preparando esa reunión. O resistiéndola.

Antes de sentarse, extendió sobre la mesa tres folios impresos, un dossier con portada en color y algo que parecía... sí, una servilleta de bar con cuatro flechas, tres círculos y dos palabras subrayadas dos veces.

«Te voy a explicar la estrategia en diez minutos», me dijo. Mirando al propietario de reojo mientras lo decía.

Habló de «ecosistemas de valor». De «pivotar el modelo». De «sinergias con el canal». Tenía una respuesta para todo. Para cada pregunta que el dueño había estado haciéndose en privado durante meses, el gerente tenía una respuesta preparada.

El problema es que no eran respuestas. Eran narrativas, y las narrativas no pagan nóminas.

La pregunta que lo cambió todo (y al que más incomodó)

Cuando terminó, le hice la pregunta que siempre hago en una primera reunión. La misma desde hace muchos años y la que más fastidia exactamente a quienes más debería importarles: «¿Cuál fue vuestro BDI el año pasado?»

El beneficio después de impuestos es el número que resume, en una sola cifra, si tu empresa gana o pierde dinero de verdad una vez que el Estado ha cobrado su parte.

Silencio, pero de los sepulcrales. 

Pero no fue el silencio de alguien que no lo sabía. Fue el silencio de alguien que sabe que el propietario también está esperando la respuesta. Esa fracción de segundo en la que el gerente echó una ojeada furtiva hacia el extremo de la mesa lo dijo todo.

«Eso lo lleva la asesoría», respondió por fin.

Ahí estaba todo.

Un gerente que gestionaba una empresa de 12 millones de euros de facturación en Castilla-La Mancha. Que tomaba decisiones de inversión en marketing y comunicación, estructura comercial y apertura de canales. Que acababa de presentar una «estrategia de crecimiento» con servilleta incluida. Y que había delegado en su asesor los números que deberían estar en su cabeza antes de cada reunión de dirección.

El propietario no dijo nada. Pero dejó el bolígrafo sobre la mesa con una lentitud que hablaba por sí sola.

Este patrón, por cierto, no es exclusivo de esta empresa. Es una de las dinámicas más frecuentes que encuentro en el tejido empresarial de Albacete y de toda la región. Son empresas sólidas, con producto real y un mercado por explotar (mejor). Sin embargo, hay una brecha significativa entre lo que el negocio genera y lo que la dirección sabe leer.

Cuando abrimos los números de verdad

No di una clase magistral. No puse un manual encima de la mesa. No me pagan para eso, la verdad.

Pedí los estados financieros del último ejercicio. Y construimos juntos, en tiempo real, la foto real del negocio. Los números que reproduzco a continuación son una recreación fiel de aquella situación, con cifras modificadas para respetar la confidencialidad: lo que importa no es el dato exacto, sino lo que el dato dice.

El punto de partida fue el balance inicial. Una empresa con un activo de 4 millones de euros, endeudada en 2,5 millones y con 1,6 millones en caja:

ACTIVO PN Y PASIVO 
Activo No Corriente 2.400.000 Patrimonio Neto 1.500.000
Equipos informáticos 800.000 Capital Social 1.500.000
Maquinaria 1.000.000    
Mobiliario oficina 600.000 Pasivo No Corriente 1.500.000
    Deudas L/P 1.500.000
Activo Corriente 1.600.000 Pasivo Corriente 1.000.000
Bancos 1.600.000 Deudas C/P 1.000.000
TOTAL 4.000.000 TOTAL 4.000.000

Aparentemente estable. Sin embargo, el balance inicial solo es el punto de partida. La historia real estaba en lo que había pasado durante el ejercicio.

Lo que la cuenta de resultados le estaba diciendo en silencio

Cuando desplegamos la cuenta de resultados, el gerente vio por primera vez la película completa de su negocio. El dueño la vio por primera vez en un formato que se entendía sin necesitar a la asesoría como intérprete:

Cuenta de Resultados 20X1 
Ventas netas 12.000.000
− Coste de las mercancías vendidas −7.200.000
(=) Margen Bruto (=) 4.800.000
− Gastos de personal −2.400.000
− Alquiler local −480.000
− Seguros −120.000
− Publicidad y propaganda −150.000
− Suministros −250.000
(=) EBITDA (=) 1.400.000
− Amortización −320.000
(=) EBIT (=) 1.080.000
− Gastos financieros −85.000
(=) EBT (=) 995.000
− Impuesto sobre beneficios (25%) −248.750
(=) BDI — Beneficio Neto (=) 746.250

La empresa facturaba 12 millones de euros y generaba un beneficio neto de 746.250 €. Un margen neto del 6,2%. Nada mal para el sector.

Pero había un número que despertó mi interés de inmediato: Marketing y comunicación: 150.000 €.

El 1,25% de la facturación, invertido en marketing y comunicación. En una empresa que quería crecer, que tenía una «estrategia de ecosistemas de valor» y que llevaba meses hablando de «pivotar el modelo».

Le pregunté: «¿Cuánto os cuesta captar un cliente nuevo?»

Silencio.

«¿Y cuánto os deja un cliente a lo largo de toda su relación con la empresa?»

Más silencio. El gerente miró sus folios impresos. Ninguno de ellos tenía esa respuesta.

El propietario, que llevaba un año haciéndose las mismas preguntas en privado, asintió despacio.

La empresa tenía una cuenta de resultados que le decía que ganaba dinero. Pero no sabía de dónde venía ese dinero, qué lo generaba ni cómo protegerlo.

Esto no es una rareza. Es una constante que veo en empresas de toda Castilla-La Mancha: el sector agroalimentario, la industria auxiliar de automoción, incluso el comercio mayorista de la capital. Negocios que llevan décadas funcionando bien por inercia del producto, pero cuya dirección nunca ha sido obligada a rendir cuentas ante sus propios números.

La trampa de la tesorería: facturar 12 millones y tener 315.000€ en caja

Aquí fue donde el silencio se volvió incómodo de verdad.

Porque el EBITDA decía 1.400.000 €. El beneficio neto decía 746.250 €. La empresa «iba bien».

Pero cuando miramos el estado de tesorería, la caja real era esta:

Estado de Tesorería 20X1 
Saldo inicial tesorería 1.600.000
(+/−) Flujos de caja operativos −785.000
+ Cobros operativos 8.000.000
− Personal −2.400.000
− Proveedores (mercancías pagadas) −5.500.000
− Alquiler −480.000
− Marketing y publicidad −150.000
− Seguros −120.000
− Suministros (pago parcial) −50.000
− Gastos financieros −85.000
(+/−) Flujos de caja financieros −500.000
− Amortización préstamo (cuota) −500.000
(=) Saldo final tesorería (=) 315.000

La empresa había facturado 12 millones de euros, pero solo había cobrado 8 millones. Los otros 4 millones estaban en el balance final como «Clientes»: dinero ganado sobre el papel que no había llegado a la cuenta bancaria.

«¿315.000€?», preguntó el dueño. Su voz era tranquila, pero el número le acababa de decir algo que seis meses de reuniones con el gerente no habían conseguido transmitirle.

«¿Cuántos días de nómina son esos?», añadió.

Hicimos el cálculo en silencio. Con 2.400.000€ anuales en personal, el gasto mensual era de 200.000 €. Teníamos 315.000 € en caja, lo que equivalía a menos de dos nóminas.

El gerente no dijo nada, y el balance final lo explicaba todo:

ACTIVO PN Y PASIVO 
Activo No Corriente 2.080.000 Patrimonio Neto 2.246.250
Equipos informáticos (neto) 640.000 Capital Social 1.500.000
Maquinaria (neta) 840.000 Beneficio neto 746.250
Mobiliario (neto) 600.000    
Activo Corriente 5.115.000 Pasivo No Corriente 1.000.000
Existencias 800.000 Deudas L/P 1.000.000
Clientes 4.000.000 Pasivo Corriente 3.948.750
Bancos 315.000 Deudas C/P 1.000.000
    Proveedores 2.500.000
    Acreed. Suministros 200.000
    HP Acreed. IS 248.750
TOTAL 7.195.000 TOTAL 7.195.000

Eso tiene un nombre: tensión de tesorería.

Puedes tener un EBITDA de 1.400.000 € y pasar apuros para pagar la nómina del mes. Puedes ganar dinero en la cuenta de resultados y no tenerlo en el banco. Y puedes tomar decisiones de crecimiento basándote en un beneficio que aún no existe en caja.

La empresa tenía 4 millones de euros atrapados en facturas pendientes de cobro, 2.500.000 € en deuda viva con proveedores y 315.000 € líquidos para gestionar todo eso. Mientras el gerente presentaba estrategias de crecimiento con servilleta.

Los 3 KPI que todo directivo debería tener en la cabeza

A partir de ese momento dejamos de hablar de estrategia y empezamos a hablar de gestión.

Tres indicadores. Solo tres. Pero bien calculados.

IndicadorQué midePor qué importa en este caso
Coste de captación vs. valor del cliente Coste de captar un cliente frente a lo que ese cliente deja a lo largo del tiempo Invertir solo el 1,25% en marketing en una empresa que no cobra el 33% de lo facturado en el año no es prudencia: es una señal de alarma
Periodo de cobro medio Cuántos días tarda la empresa en cobrar sus facturas 4M de 12M sin cobrar equivale a 122 días de media. El estándar del sector suele estar entre 45 y 60 días
Periodo de recuperación de la inversión comercial Meses que tarda un cliente nuevo en devolverte lo que invertiste en captarlo Conecta directamente el marketing con la tesorería. Con 315.000€ en caja y 4M en clientes pendientes, el problema no es marketing: es cobranza

Como vimos en el estado de tesorería: facturar no es cobrar. Y cobrar tarde tiene un coste real en la caja que ninguna campaña de marketing puede compensar si nadie lo gestiona activamente.

En la PYME de Albacete y provincia este problema es especialmente frecuente en empresas que trabajan con grandes clientes industriales o con la administración pública: plazos de pago que se estiran a 90, 120 o incluso 150 días, mientras los gastos fijos no esperan.

Con estos tres números encima de la mesa, la conversación con el dueño cambia completamente. Dejas de reportar sobre campañas y pasas a hablar el idioma del negocio.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la Dirección de Marketing o la Dirección de Ventas? Pues todo.

Hay una creencia muy extendida en la pyme española, y en la de Albacete y Castilla-La Mancha en particular, que conviene desmontar de una vez: que los números son cosa de finanzas.

Que el Director de Marketing se ocupa de la marca, las campañas y los contactos cualificados. Que el Director de Ventas se ocupa de la cartera comercial, las visitas y el cierre. Y que cuando alguien pregunta por el resultado de explotación o el estado de tesorería, eso lo responde el de contabilidad o la asesoría.

El problema es que esa separación no existe en los resultados. Solo existe en los organigramas.

Pero, volvamos a los números de esta empresa.

El gerente aprobó una inversión de 150.000 € en marketing y publicidad. El 1,25% de la facturación. Una decisión que, sobre el papel, parecía prudente. Incluso conservadora. ¿Pero prudente respecto a qué? ¿Respecto al beneficio neto del año anterior? ¿Respecto al resultado de explotación? ¿Respecto a la caja real disponible?

Si el gerente hubiera sabido que la tesorería real de la empresa era de 315.000 €, y que ese dato hay que leerlo siempre en relación al pasivo corriente, es decir, a todo lo que la empresa debe pagar en los próximos doce meses...

Ratio de tesorería = Tesorería Pasivo corriente

...habría entendido que esos 315.000 € no son una reserva de maniobra. Son el colchón mínimo de una empresa que tiene compromisos de pago inmediatos muy superiores a esa cifra. Un ratio de tesorería sano debería estar en torno a 0,2 o por encima. El de esta empresa, con la información disponible, no llegaba a eso. Y gastar 150.000 € sobre esa base es una decisión muy diferente a gastarlos sobre una tesorería holgada.

¿Habría tomado la misma decisión con esa información encima de la mesa? Quizás sí. Quizás no. Pero la habría tomado con la foto real del negocio delante, no con la sensación de que «el negocio va bien porque facturamos doce millones».

Y en cuanto a la dirección de ventas, aquí el caso es aún más directo.

Porque los 4 millones atrapados en clientes sin cobrar no cayeron del cielo. Fueron ventas cerradas por el equipo comercial a clientes con condiciones de pago de 90, 120 o más días. Condiciones que alguien negoció, o que alguien aceptó sin negociar, porque lo que importaba era cerrar la operación. El número que entraba en el sistema de gestión comercial. El objetivo mensual que se alcanzaba.

El periodo de cobro medio de esta empresa lo explica de forma exacta:

Periodo de cobro = Saldo de clientes × 365 Ventas anuales  =  4.000.000 × 365 12.000.000  ≈ 122 días

122 días. Más de cuatro meses desde que se emite la factura hasta que el dinero entra en la cuenta. En ese tiempo, la empresa ha tenido que pagar nóminas, proveedores, alquileres e impuestos. Con caja propia. O con financiación bancaria. O con las dos cosas a la vez.

Y lo más relevante para el Director de Ventas: esa cifra no es una fatalidad del mercado. Es el resultado acumulado de cientos de decisiones comerciales en las que alguien aceptó un plazo de cobro sin calcular su coste real. Una venta a 120 días no es lo mismo que una venta a 30 días. Desde el punto de vista de la tesorería son dos cosas completamente distintas. La primera te da un número en la cuenta de resultados. La segunda te da ese número y además el dinero en el banco para pagar la nómina del mes que viene.

Si además ponemos junto a esto el ratio de liquidez general...

Ratio de liquidez general = Activo corriente Pasivo corriente

...y el resultado es inferior a 1, tenemos una empresa que no puede cubrir sus obligaciones a corto plazo con los recursos a corto plazo que tiene. Eso no es solo una señal de alarma financiera. Es una señal de alarma de empresa. Y es exactamente la situación en la que se encuentra una organización que factura bien, pero cobra mal y tarda demasiado en hacerlo.

En ese contexto, gastar 150.000 € en captar nuevos clientes sin antes resolver que el 33% de lo ya facturado no ha sido cobrado no es una estrategia de crecimiento. Es una fuga de liquidez con nombre de inversión.

Esto no significa que el Director de Marketing tenga que saber calcular estas fórmulas. Significa que tiene que saber leer lo que dicen.

Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Saber calcularlas requiere formación técnica. Saber leerlas requiere dos horas de conversación honesta con los números encima de la mesa. Y esa conversación, en muchas PYMEs de la región, nunca ha ocurrido. No porque nadie la haya querido. Sino porque nadie ha entrado en la sala con los estados financieros, la voluntad de explicarlos sin jerga y la independencia suficiente para decir lo que dicen sin filtros políticos.

El Interim Manager que entra en una empresa no viene a sustituir al Director de Marketing ni al Director de Ventas. Viene, entre otras cosas, a hacer esa conversación posible. A que el equipo directivo completo, no solo el área financiera, tome decisiones con la foto real del negocio delante.

Porque cuando el Director de Ventas sabe que su empresa tarda 122 días de media en cobrar, negocia diferente. Y cuando el Director de Marketing sabe que hay 4 millones atrapados en facturas pendientes y un ratio de tesorería bajo mínimos, prioriza diferente. No necesariamente gasta menos. Pero gasta con criterio.

Y la diferencia entre gastar con criterio y gastar con intuición, en una empresa de 12 millones de euros con 315.000€ en caja, no es filosófica. Es la diferencia entre llegar a fin de mes o no llegar.

Por qué el Interim Manager de Marketing y Ventas no es caro: es el seguro contra el error

Hay una conversación que se repite. La del dueño que ve el coste diario del Interim Manager y lo compara con lo que le paga al gerente.

Es una comparación legítima. Pero incompleta.

ConceptoDirector/Gerente fijoInterim Manager
Coste empresa (aprox.) 80.000–120.000 €/año Variable por proyecto
Compromiso Indefinido Por objetivos
Tiempo hasta ser productivo 3 a 6 meses Desde el día 1
Objetivo declarado Mantener su posición Hacerse innecesario
Visión financiera Con frecuencia pide más presupuesto Optimiza con lo que hay
Coste de salida Alto (indemnización, conflicto) Cero
Gestión de egos Alta (posición jerárquica en juego) Ninguna

Esa última fila no es baladí.

En el caso que acabo de describir, el coste no estaba en el sueldo del gerente. Estaba en los 4 millones de euros atrapados en clientes sin cobrar, mientras se tomaban decisiones de marketing sobre la base de un EBITDA que no se había convertido en caja. Cuatro meses de trabajo de un Interim Manager para reestructurar la política de cobro, implementar los indicadores correctos y formar al equipo en lectura financiera básica costarían una fracción de ese agujero de liquidez.

El argumento no es que el gerente sea malo. Es que había roles para los que la empresa no estaba pagando a nadie. Y en el vacío de esos roles, los números se deterioran en silencio.

Para muchos empresarios de Castilla-La Mancha, la figura del Interim Manager sigue siendo desconocida o se asocia erróneamente con situaciones de crisis extrema. La realidad es la contraria: las empresas que recurren a un Interim de forma preventiva son las que evitan llegar a esa crisis.

Lo que los números hacen que las personas no pueden hacer

Los números no tienen apellidos.

En la pyme de Albacete, como en cualquier empresa familiar de la región, existe una dinámica frecuente que rara vez se nombra en voz alta: el gerente que ocupa una posición de decisión y cuya mayor amenaza no viene del mercado, sino de que el propietario descubra lo que los números llevan meses intentando decirle.

No es maldad. Es miedo. Y el miedo produce dos comportamientos predecibles: el bloqueo de información hacia arriba («eso lo lleva la asesoría»), y la acumulación de discurso estratégico para compensar la ausencia de datos («ecosistemas de valor»).

El Interim Manager, precisamente por ser externo y temporal, puede hacer lo que el equipo interno no puede: poner los datos encima de la mesa sin que la conversación se convierta en un conflicto personal. Cuando los números dicen que tienes 4 millones de euros bloqueados en cobros pendientes mientras tu caja cubre menos de dos nóminas, eso no es una opinión. Es una lectura del balance. Y el balance no discute. No tiene ego. No mira al dueño de reojo antes de responder.

Debo decir que el gerente de esa empresa no era un mal profesional. Era un profesional al que nadie había dotado de las herramientas financieras que su cargo exigía, y que había aprendido a sustituirlas con narrativa. Con servilletas.

Mi trabajo no fue sustituirle. Fue conseguir que cuando yo me fuera, los números hablaran por sí solos y alguien en esa empresa supiera escucharlos. Incluido él.

Conclusión

Al final de aquella primera reunión, en aquella sala de una empresa industrial de la provincia de Albacete, el gerente tenía encima de la mesa algo que no tenía cuando entró: la foto real del negocio.

Sabía que facturaba 12 millones. Ahora sabía que solo había cobrado 8. Que tenía 4 millones atrapados en clientes sin cobrar. Que su inversión en marketing era el 1,25% de su facturación mientras su ciclo de cobro triplicaba el estándar del sector. Y que su EBITDA de 1.400.000 € no se estaba convirtiendo en caja.

El propietario, que había estado lidiando bastante tiempo con la sensación de que «algo no cuadraba», finalmente tenía los números que lo explicaban.

La servilleta seguía en la mesa. Pero ya nadie la miraba.

En resumen, un directivo que no entiende su propia cuenta de resultados no es un mal directivo. Es un directivo al que nadie ha obligado a entenderla, porque mientras la empresa facturaba, el ruido del crecimiento tapaba el silencio de los números. El problema es que los números no se cansan de hablar. Solo cambian de idioma: del EBITDA a la tesorería. De la tesorería a los proveedores. De los proveedores al banco. Y cuando el banco habla, ya no queda mucho tiempo para aprender a escuchar.

Por lo tanto, si tienes una empresa en Albacete, en la provincia o en cualquier punto de Castilla-La Mancha y reconoces alguna de estas situaciones, la conversación que necesitas no es con tu asesoría. Es con alguien que pueda sentarse contigo, abrir los números y decirte lo que dicen de verdad.

¿Tu empresa tiene claro lo que dicen sus números antes de tomar decisiones de marketing y crecimiento? Si la respuesta no es un sí rotundo, el problema no es de estrategia. Es de liderazgo financiero.

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Desde 2014 ayudando a empresas a encontrar la coherencia entre lo que dicen, lo que hacen y lo que invierten.

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